Conocí a Arturo a través de una red comunitaria de personas que querían vivir en contacto con la naturaleza y con espíritu solidario. Visité su ecoaldea El Quiñón en Córdoba.
Está en una zona rural frente a las montañas, muy cerca de la ciudad. Aunque cada uno tenía su casita o edificio individual, había un espíritu colectivo de compartir. Y también el deseo de ‘hacer el bien’. Es como si vivieras en una gran aldea o en una gran residencia donde todo el mundo se preocupa por tu bienestar y te muestra amabilidad y tolerancia a diario.
Hoy le gustaría vivir en otra parte de España, en un círculo más íntimo, más enamorado, con su nueva pareja... Considera que ya ha hecho una enorme contribución a la comunidad. Y pronto venderá El Quiñón un atractivo proyecto educativo alternativo al sistema de educación Waldorf.
Piensa cultivar en su nueva casa y en sus parcelas cercanas al El Quiñón. Sólo podía ofrecerle las hermosas semillas de las hermosas empresas de semillas como : Semillas ecológicas y El huerto de Santé. Le pregunté por qué estaba tan apegado a la naturaleza y qué era importante para él. Como una planta trasplantada, esto es lo que me confió con sinceridad:
«Me encanta la naturaleza, los árboles y la vegetación en general, y sé lo importante que es para el equilibrio del planeta, de los seres humanos y de toda la creación. Nací en un pequeño pueblo de Castilla León y allí viví los diez primeros años de mi vida. Cuando me desarraigaron y me trasplantaron a una ciudad, tardé varios años en adaptarme al nuevo ecosistema. Por eso siempre he necesitado el contacto con la naturaleza, que me tranquiliza y me conecta con la armonía profunda que emana del alma. Creo que, en cierto modo, El Quiñón es una ecoaldea, al menos para mí. Vivir en comunidad, respetarse mutuamente y trabajar juntos en la vida cotidiana.
Mis valores fundamentales son la compasión, el perdón y la humildad.
Este es un momento muy delicado. Temo que los seres humanos hayan perdido su vínculo con la naturaleza y con Dios, lo que equivale a perder lo más importante de todo, la conciencia de la trascendencia. Por eso se sienten perdidos, aferrados a lo material, a lo sentimental, a lo ilusorio, a lo que no prevalece.
En mi opinión, la belleza de las semillas es que nos devuelven a nuestra esencia, que es ser vida y creación, dar, respetar, proteger y cultivar la vida. Al final, cultivar buenas semillas es un poco como ‘trascender la conciencia’. Y las propias semillas, dotadas de conciencia, también sabrán trascender. Soy consciente de ello. Y Arturo también.











